Lakewood & 4th

Había hecho buen tiempo por la mañana, pero el cielo se había oscurecido y el ambiente estaba cargado del olor que hay antes de una tormenta. No había salido de casa en todo el día, y me pareció un buen momento para tomar el aire. Fue una acción impulsiva, que a pesar de ser algo baladí logró sacarme del esquema habitual de mis días libres. Quizá por eso, para compensar tanta novedad, seguí el camino que suelo tomar hasta la parada del autobús que me lleva al trabajo. Hacía fresco, y los últimos rayos de sol de la tarde se colaban entre las nubes oscuras.

En aquel momento no llevaba puestas las lentillas; iba con mis gafas de siempre. Había pasado un mes ya desde que decidí llevar las lentillas cada vez que saliera, incluso si solo era para trabajar. En el trabajo las reacciones fueron casi todas iguales: “¿Y tus gafas?”, “Estás distinto. No pareces tú”. Ni mejor ni peor. Distinto. Me pareció muy raro eso de dejar de parecerme a mí mismo. Creo que es porque me había convertido en una persona que lleva gafas. Esa era mi identidad: yo soy X y siempre llevo gafas. También hay gente que puede llevar gafas, pero no son gente con gafas. Se trata de una distinción muy importante. Yo me había cambiado de bando. Mi identidad era otra. Normal que no me reconozcan.

Me había desviado para meterme por otra calle que me gustaba, pero recordé un sitio al que quería ir y decidí dar la vuelta a la manzana para seguir otra vez por el camino que llevaba al autobús.

La identidad es algo que no termino de definir, y no estoy seguro de qué es lo que usa uno para definirla. Desde que llegué a Vancouver me han preguntado mucho de dónde soy. Dependiendo del tiempo que tenga para responder, o de las ganas que tenga de resumir la historia de mi vida, contesto de distintas formas. Pero de verdad, ¿de dónde soy? La respuesta corta es que soy español. ¿Lo soy? Sí, creo que sí. He tardado bastante en asumirlo, sea lo que sea eso, y que ya quedan muy lejanos los años que han sido tanto de lo que yo usaba para definirme. Para mí Africa se ha quedado en los recuerdos de mi infancia, de mi columpio de cuerda y bambú, y de caminar descalzo sobre la tierra roja de nuestro jardín. Y las tormentas, y las lluvias fuertes que caían sobre el tejado cuando estaba tumbado en la cama, antes de dormirme. Quién sabe. Puede que con eso sea suficiente.

Llegué entonces al cruce de la Primera Avenida y pulsé el botón para que cambiase el semáforo. Al otro lado, pasado el tráfico, se veía la continuación de Lakewood Drive. Era una pequeña colina con cerezos a ambos lados de la carretera. Unos días atrás estaban todos en flor y las copas formaban una bóveda rosa por encima de la calzada. Sin embargo, ya casi se había acabado la floración, y el suelo estaba cubierto por una fina capa de pétalos blandos. Cambió la luz y crucé el paso para continuar por la cuesta, con pasos lentos sobre la acera alfombrada.

Llevaba mucho tiempo obsesionado con mi acento, en parte porque es de lo poco que me queda que me puede identificar con el país en el que nací. Aun así, cada vez se queda en menos y se hace más de ningún sitio, aunque tengo la esperanza de que siempre habrá sonidos que no perderé nunca. Bueno, hasta que me muera, pero entonces poco me podrá importar. En el trabajo a veces cambio mi acento al Canadiense sin darme cuenta, para que la gente me entienda mejor. Se trata de un fenómeno llamado acomodación lingüística, y es bastante frecuente al hablar con gente de otros lugares, o por lo menos eso he leído. Cuando uso mi acento natural hay gente que intenta adivinar de dónde soy. Nadie dice España. Suelen decir Inglaterra, o incluso Australia, pero muy de vez en cuando hay alguien que dice Sudáfrica, y entonces a mí se me hincha un poco el corazón, por el niño aquel que durante un tiempo habló como hablan los niños de Zimbabwe.

Estaba distraído pensando en acentos y mirando las flores caídas cuando llegué a lo alto de la colina. Era donde se cruzaba Lakewood Drive con East 4th Avenue. Cuando iba a trabajar siempre me gustaba pararme unos segundos en mitad de la carretera para mirar al oeste, hacia el centro de la ciudad. Entonces no tenía que ir a ningún lado, así que podía quedarme parado más tiempo de lo habitual. Por el hueco que dejaban las casas y los árboles en el descenso de la colina se veían los rascacielos y las estructuras metálicas que se levantaban contra el cielo gris. En ese momento empezó a llover. Deseé durante unos instantes que la lluvia se convirtiera en una cortina de gotas pesadas, como las que caían años atrásy muy de vez en cuando como en las tormentas de mis veranos en el norte—, pero se quedó en una llovizna que paró al poco tiempo de comenzar.

¿Y qué más dará esto de la identidad? Además, si se supone que tú no crees en estas cosas. ¿No te acuerdas de aquella conclusión tan pedante a la que llegaste? “Puede que ninguno de estos conceptos sean nociones verdaderamente significativas”. Pero aquí estás, nihilista de pacotilla, romantizándolo todo. Pero bueno. En el fondo también soy humano. No siempre hace falta llegar a una conclusión, porque no creo que siempre haya una.

Sacudí las gotas que se habían quedado en los cristales de las gafas y los terminé de secar con la camiseta. Me alejé de la intersección por la calle que bajaba hacia la ciudad, aunque sin ninguna intención de alcanzarla, y me volví a desviar de mi ruta habitual; era mi día libre, y todavía me quedaban ganas de seguir paseando un rato.

Anuncios

Un comentario sobre “Lakewood & 4th

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s